viernes, 30 de septiembre de 2016

Robótica versus carne.

El amor robótico es perfecto.

Prepara ricas sopas de jazmines
y sobre su lomo, alza la volada para contemplar
los vacuos edificios.

Su tez de zinc revisa el logaritmo 
que besa cuando hacemos el amor
las lágrimas de yodo, que llevan el nombre de las hojas.

La anestesia de la coordinación
malgama el cableado
en el paraíso del árbol
que en la lejanía emite el aullido.

Vasto y corrupto con su costra el árbol mortifica
la cara interna de los órganos que lo abraza,
desconoce la receta de las flores
y más que volar, sumerge a las profundidades de la arcilla.

Pero, de la máquina perfecta lleva la entraña que late la palabra,
a pesar, de la suciedad de sus manos
y el lodo adscrito de su exuberante belleza escribiente.

Un árbol incomparable
que posee mi corazón indígena,
mientas me enredo en los filamentos nerviosos del cobre
mecida por los metálicos
igual que las barras de una cárcel.

Nosotros nos comunicamos como los árboles,
en un idioma anónimo para los herejes
y lo noto, aunque usted sin lengua
como un tronco talado
no diga nada, sobre el valor de la raíz escondida.

El amor del robot es perfecto.

Pero, sólo el corazón
puede salvar los clavos del óxido 
que están dentro de la madera.

El corazón
de la locura híbrida.

http://miraycalla.blogspot.com.es/2005_10_01_archive.html













jueves, 29 de septiembre de 2016

Pequeños pasos rítmicos del corazón.

 Estoy muy contenta, pues, me han solicitado participar con un poema en una antología poética anual americana "San Diego Poetry Annual", cuya obra está presente en las universidades del condado de San Diego, bibliotecas del sur de California y hasta se usa de libro de texto en las escuelas. Me emociona mucho pensar que mi humilde poesía sirva de referencia en la enseñanza, y que sea traducida por primera vez en lengua inglesa de un modo oficial.

 Este fin de semana, también, fue activo varios eventos como presentaciones y Jam, pero, lo más relevante fue la participación con mis compañeros de fatigas poéticas Eloy y Amelia en la 5º Mostra Anarquista de Castellón, donde el silencio se impuso a la voz de poemas sociales y reinvicativos en la Plaza de las Aulas.




martes, 27 de septiembre de 2016

Freud tiene la culpa.

De qué sirve el trasplante de córnea,
y que el cuervo con senos,
desprenda la luz de las linternas.

A veces usted regresa.
Esta noche ha sucedido,
con el agua bajo el glaciar de Europa
y las matrices de los sueños 
alumbradores del espanto.

El rostro de cera y el abrazo por la espalda, 
signo inequívoco del abandono
en el módulo de la oniromancia,
con sus manos que ofrecieron pecados
de leche de almendras.

Me acusó de traición, mientras su holgura textil
y su rostro de cera,
que no derramaba ni una gota,
parecían la danza de un ángel del exterminio.


El veneno, adormeció medio latido 
con los hombros que arqueaban
el hilo de la vida
que se descosía en los músculos.

¿Quién no probaría manjar de entre sus dedos?
¿Qué ciega no osaría arrastrarse a los abismos de su brazo?

Homicidio involuntario
el neón de cada poema leído en prospecto.

Moribunda, no quería dormir 
antes de olvidar 
sus ojos en mis ojos.





lunes, 26 de septiembre de 2016

La próxima estación.

La vendimia desflorada
y las primeras naranjas dulces de labios,
porque debías varar en mí, en la medianía
de los que aprendieron a vivir sin el color en las pupilas.

Te observo desde el ángulo perfecto
y reposado duermes bajo el influjo,
guerrero derrotado por la almendra,
de la regata de lo que fue mi cuerpo,
un mapa sin ciudades.

Me cobijas aún sabiendo que el corazón yace en mi bolsillo izquierdo,
miga de pan de raíces, 
las esporas que pululan 
junto a los vientos otoñales;

para en tu espalda hallar la casa
que tanto anida el pájaro,
crisálida de tu lengua
para la uva temprana
con que he macerado la mimosa amarilla.

Duermes y te observo.

Recolección de la cosecha,
de este poema de amor
para el hombre que rompió mi tórax,
sanación del monstruo 
que no sabía llorar.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Metástasis.

Será esta certeza la que asesina,
la inevitable verdad
que nunca ha sido aceptada
en caminos turbios escribanos de nuestra quiromancia.

Voy perdiendo la fuerza dentro de esta carcasa,
sólo la palabra es pértiga que acontece
al saber de la limosna escrita
que mi ojos devoran como una pedigüeña
que nota como en su interior
van apagándose las estrellas.

Los marinos no regresan si no conocen
el lenguaje de las constelaciones, 
y el idioma exterminador que hacía uso y desuso
hacia esta sirena conmovedora de árbol,
que de todas las infectadas fue la que salió peor parada,
de la guerra, de los hombre de rostros pintados,
consigo mismo y su fuerza eólica,
borrón de versos,
agudo corte en trasversal en la frase.
Diga si usted en su isla me añora tanto
como lo hace el revestimiento de mis costillas,
aún sabiendo que esta exposición pública
supone mi benedicto a la guillotina.

La tierra del fuego.

Comedida manera de ensortijar las cosas,
de ser un hueso de rótulo a la intemperie de las cordilleras,
puesto en fila.

Lamo cada una de las costras
y una bola crece de pelo del poema.
Frustrado apaleamiento otoñal desconociendo si de mis vértebras
nacerán las uvas.

Este cansancio que ni con terapia se desaloja.
Este edén de fotogramas, y aros que cuelgan de mi piel
como si fuese una cortina de Ikea.

Remover el café con la lengua
y explotar en mi expansiva melancolía, la retórica de Sartre.

¿Qué prefieres Luisa un amor que dure, o un amor que arda?

Y cerré los ojos, como el que solicita la hora antes de ingerir una medicina.

Cerré los ojos, y pude contemplar
la mordida carmesí de las amapolas,
el maullido con el hombre que siempre me esperaba de espaldas.

La bolsa del té macerada en mi niñez corriendo a través de los trigales.
La fugacidad de los que amé y murieron.
El parto cometa de mis hijos. 
La primera imprenta en el D.N.I.
La mancha sobre el vestido nuevo. 
Los pies que pisaron Polonia.
El último sorbo del café de mi madre,
los tejados, las caricias,
la velocidad,
el ritmo,
la perforación del lóbulo,
el poema gestante.

Y al abrir los ojos, dije:
 El amor que dura.

De maravilla.

Mema Alícia con un retrovisor.
Acaso cruzarás el lado opuesto, donde las consonantes ensillan
y todo aumenta
y nada se reduce
según el pronombre.

Te pintas las uñas con carboncillos
e ingieres las vitaminas de las encuadernaciones, pero,
aún se mofan las aranas y te piden agua los satélites
a cambio de pescar más en las mallas
los ciclistas que pedalean hacia el infierno.

Tal vez sea el cuchillo de la espalda
que confunden
con un perchero para colgar abrigos de paño,
o con un pomo de latón
para abrir los cubiertos de los famélicos
y hacer del corazón una conserva

en vinagre.

Suplementos gratuitos.

El poema.
Del quirófano con el despertar anormal de las batas verdes,
en la desnudez en medio del ágora,
paciente rinoceronte, que troquela los advenimientos.

Podrá la epifanía, el arrancar de los autos,
la pestaña que ilusa cae creyendo que es hoja del árbol.

Sin ningún respiro donde cobijar las manos, los pies, los dedos,
encima de una forense lupa que nos destripa en busca del alma.

Pobres alambristas, nocturnos bandidos de la fe,
que encajonan palabras y se atreven a mirar al sol.

Hasta que la córnea
no ve más allá que los malabares,
el tobogán del que hace de la arena
rimas como luces en acuario
en los vidrios carpinteros.

Escribir con cincel.
Ensuciar con el  barro de la vorágine.
Enana de circo que traga gasolina,
que escupe fuego, como una vulgar llama de termo,
en tu entendimiento, larva, larva,
que nunca llegará con las piernas de madera en carcoma
a la meta de las mariposas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

La luciérnaga de vestido rojo.

I

En la habitación, número 338 de un hotel en Bangkok
cuelgan los lindos pies
de un cuerpo femenino desde la lampara.

Una borla de carne que descompensan
las bombillas, cicatrices lumínicas,
como los focos de las pistas de aterrizaje.

Ella luce en su mortaja un bonito vestido, supongo
que, para recibir elegante
los bisturís que la abrirán en canal
igual que las góndolas en Venecia.

¿Por qué ha leído mi poema a la 14:45, hora española?.

Y ha dejado que el hielo se apropiara del vaso.

Y que el rímel obnubilara
los surcos de permanecer
despierta por los narcóticos.

Para mudar, en el fruto prohibido del árbol del ahorcado.

II


Hubiese ido a buscarla, tomado el primer avión.
¿Cómo no hacerlo para salvar una vida?

Una vida anónima en Tailandia
con la lluvia preparándose para borrar
los ecos ambulantes. 

III

Los pies se han vuelto de cemento
y los salones recreativos llevan últimamente demasiado mi nombre
con el premio gordo.

Nosotras entendemos el lenguaje de las pesadillas.
Nosotras sabemos que es estar en la urgencia con el cráneo
abriendo la tierra en rosas.

No he podido auxiliarla.

Y ni siquiera ha dejado una carta de despedida
porque cuando la soledad
mata, no da tiempo ni para trámites burocráticos.

Ninfa mórbida en la pantalla de tu portátil:
un poema parpadea como un mal estribillo.

Parpadea. 
Parpadea.
Parpadea.

En la habitación 338 de un hotel en Bangkok.

Marino, cítrico y lavanda y antipolillas.

Quién no ha tenido en su casa, un ambientador de plástico
con troquelados y en su interior, 
una pieza-gelatina como una lengua temblorosa 
que emana efluvios de pachuli.

Se colocan en lugares visibles para que la fragancia pueda purgar
el momento impreciso o inadecuado.

Ojalá, pudiera servir para que una mala palabra
(de consecuencias que nunca nos abandonarán)
no exista d-oliendo.

Aparatos de bajo precio, que nos gustan 
y compramos desde el último baldo de la tienda.

Ahora, nadie admitirá que en una uve del armario
habite su corpulencia de ferretería, 
tienen vergüenza del "enser" diario.

De meter un pájaro volando en el poema
hasta que se extravíe.

Para que reste un hedor y poco más.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El imperio del solubre descafeinado.

I
Las bicicletas forman bellos dibujos en la nieve
mientras la fábrica bombea el aire 
para los soldados del plástico, ocultos tras las mascarillas en Pekín.

Y un beso.
Un beso agudo de.
Beso espora.
Besocializadormitorio.
Beso cuajado.
Prisionero de guerra
entre el ahogo y el aliento, mitad frío.

Copo a copo, copa a poco, capa a capa.
De nieve.

II

Los hijos del petróleo no hablan, 
se quedan de trapo con los bostezos, las comisuras rebeldes
de la ortografía humana.

La atmósfera irrespirable.
El azufre que se encarama como un koala
por el cabello, y los niños
que cierran los ojos escotillas 
a vidrieras que llevan ilustraciones de cipreses.

Podría declarar el abandono
y sobre tu pecho, pienso en esas personas
que tosen y escupen plomo;
que cargan sus bicis con el óxido de sus huesos,
y malean los útiles que ingenuos usamos en nuestra rutina:
el peine, el cuchillo, el calzado, el espejo...

Sobre tu pecho, hombre hierático,
he hallado que las bicicletas vuelven a sus hogares
para construir los sueños de los puentes
y observar como las ruedas dibujan flores en la nevada,
a pesar de la asfixia, de la cuerda vuelta al cuello, y los labios ocultos por las gasas rojas.

Porque nadie dijo que la felicidad no matara
en su polución artícife.





Un corazón con dos mitades cerebrales.

Sé que de nuestra desdicha sacrificaron a un lechal
y de las fauces con sus dientes fueron los apósitos,
trituradores cada uno
de los momentos
en que usted y yo;
usted lleno de corcho,
de seres que huyeron de entre sus manos
y yo de orinado serrín
por el tedio de los cazadores 
que devoran felices
nuestra incomunicación bovina.

Como si hubiesen construido un muro de Berlín.

Y Berlín no lo sabe.


Cerrajero del cielo.

Manejar bien la baraja
con que atrae la suerte a su cauce
siempre fue una profesión
para comer de lo que los árboles lanzan al suelo.

Entre una piedra y un envase de plástico
el bosque cada vez mora más en libros
que en sus propias hojas, ahorcados verdes,
que pasan turno y no mercadean más que la terrible,
la inigualable, la retina del humo,
de los hacedores de vértebras
con campanillas encerradas en nuestros cuellos.

Poemas como los forros gabardinas
y el cansancio gratuito
de los días sin lluvia.

De empapelar paredes.

Sin puertas.


Mero trámite.

En esta sardina pretenciosa de cetáceo 
que habito, con las raspas en médula
protuberancia para andar con pie suelto, igual que centavos
en un regurgitar a los quioscos
de prensa y raciones.

El fuego no existe en el color rojo,
se antoja a su módulo que huele a la piel de los musgos,
a ser el caldero 
donde mi mano se ase a la tuya.

De espinas peces,

de rosas que no existen.



sábado, 17 de septiembre de 2016

La moneda.

Atardece en la secuencia y debe percatar
que en esta cesión de aves convertidas en asado,
no queda en este mísero cuerpo 
una caricia sur suya, que los barcos se abrieron en latas, 
que alejados perviven con las delicias chinas 
convertidas en un procesador de materia congelada.

Es ya muy prolija, elocuente, parasitaria faz que puebla
la telilla que recubre mis ojos, cristalino de amoniaco,
de tu ojos, de nariz, de orificio, de surco nasal de punta
de hueso a la mandíbula.

Y mientras como la carne de mi propia carne.
Y la luna se ha convertido en el blanco
de los francotiradores.

Me muele un área sin determinar.
Un hocico, un llavero de pata de conejo, un lagarto disfrazado de peluche.

Si esa fue nuestra suerte.

Este distanciamiento de cometas.
Esta amputación poética.
Este sacamuelas, tenazas, pinza, pellizco
que me tiene
como las bragas aguadas en barreño de lejía.

Pienso en usted, y la necrosis
de las perpetuas

del dolor con forma de pera.

Como hizo usted con mi sonrisa.

Poemas tras poema, en que pasa el tiempo, y yo de cuclillas
devoro los volátiles.

De no saber ya nada.
Ni de usted, ni de yo misma.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Divagaciones de la astronomía,

De niños los ángeles orinaban lluvia,
ahora, encima de nuestras corolas pulula fantasmal
una nube procedente de su masacre.

Cómo respirar si se forman bolsas
de los buscadores en los vertederos de órganos,
trinchan hígados,
anillan ojos,
sacuden bazos
y hasta con suerte pescan.

Anzuelos que la marginación
cada día hace de esta economía
que no entiende que los nacionalismos
convirtieron en momias
las montañas de residuos
de todas las basuras que comemos.

Sé que es una ilusión óptica,
pensar que detrás de los fanáticos
la única medicina sería un sistema global,
basado en el intercambio,
cultivos ecológicos y el lenguaje aplicado
de los pictogramas de Internet.

El reciclado se quedó obsoleto
por la descompensada gráfica
de cuerpos sanos sin cerebro, del sexo avanzado sin tocamientos de carne,
de los niños alimentados como gallinas
y escuelas por templos
prohibiendo el arte de Sócrates y de Platón.

Ciudadanos de un planeta.
con los cuatro elementos de la modernidad.

Con un mar que se ahoga.
Con una tierra radiactiva.
Con un aire corrupto.
Con un fuego nuclear.

Con un poema que no interesa a nadie.



Poema de amor sin titulación.

Alegría de "carníveras"
y "veramanos" el zócalo ardiente,
la píldora para la desmemoria del poeta,
mi triunfo en sobremesa, en retaguardia, en bajo contra o violonchelo.

La brillante en la tiniebla, el quilate
de todas las básculas venas, allí, mi hombre,
el vigía de la barca,
el ojo trípode de cada uno de los mandamientos.

En "melodiaca" conteniendo la fugacidad de la estrella de celulosa,
la verdad a medias de todos los enteros,
fórmula "amatemática", verso gozoso,
lobo tierno de queso,
mi hombre, el que entre risas degollamos 
sin rivalidad, el ápice, el "tartamundo", 
delirio y rosa, venado y ponzoña,
carne, piel y sexo,
sabiduría postergada,
novela o si vela, tal vez cuenco y yo mazo,
tal vez lupa y él ojo,
letra, letrado y amante.

Glosa a gloss, poema de Amor 
raquídeo y desvarío
de polvos compactos y enarbolados
como diría Quevedo and company.

"Certisiondo y abnegalgo".




Transporte urbano de Palma.

Sentimiento de los párpados que pían
y la boca con el orujo telaraña.

En los autobuses de atmósferas de Marte
con sus estrenadas tapicerías de polipiel
y la gente adormecida
gaseando el aire frío 
los órganos como islas de un congelador humano.

La pena con el REM visual de cada sofoco septentrional
con el relleno de la telaraña haciendo bolillos de líquenes,
de motas y artificieros del abandono
en cada mueble pintado de polvoriento.

La relegación  a un prisma
con los miembros que no son más que alacenas
con patas llenas de recuerdos, tazas con besos olvidados,
bajoplatos con huellas táctiles de ocho, ánades sin agua en la momificación
del canje, allí ladeando de un lugar a otro,
con la espuma y las puertas descolgadas
en un buceo.

Y no conseguir sacar la cabeza nunca
del fondo.

Volver siempre a la guerra
y creer que los muertos
te abrazan y los vivos hacen leña con tus huesos.





Gris pardo leo.

Los regresos siempre son nocivos,
reclaman partes médicos
y cláxones de ciudad perdidos en atascos.

Se aprovechan de la coyuntura
e instalan dagas como prendidos florales de otoño.

Te notas una costilla menos.
Que el lapicero desee ser mondado por la fila hoja
del sacapuntas. 
Con la ropa del invierno luciendo acartonada sin vino.

Y que pierdes una vida gatuna
cada vez que cruzando la acera
dejas besos con sabor a mantequilla
y te patean con púgil danza
la fibra, esa analógica que pesa poco,
y que olerá a asfalto quemado cuando muera.

Alma nómada de caminos.
Una manzana
que odia a Newton 
por las veces que cae y sube, que cae y sube.

Cemento de fruta con la única ley de la enferma gravedad.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Colmillo de elefante.

I

Hacer el antipoema,
de cada uno de nosotros,
arrastra el animal de celo
que ha roto la cadena.

II

Podría empezar en plan glorioso
y escribir:
la torre, el faro, el mástil, la antena de telefonía móvil.

Pero, mi corazón
hará caso a alguien, o a algo.

Podría enumerar sus hazañas:
el hombre torre,
el hombre faro,
el hombre mástil,
el hombre repetidor de señales telefónicas.

En guerras léxicas,
afirmo que nada que se asemeje al sexo,
ni a ninguna acción copulativa de costa o de montaña.

La desnudez del poema
es un hombre y una mujer.

     Metidos
        uno
dentro de otro.

Ll.Ll.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Añorada lluvia que cae en otra tierra.

El calor sofocante no da tregua, y es tan deliberadamente disparatado
que nos adormece e invita a beber de nosotros mismos

Ojalá lloviera
y toda la ciudad se empapara
como una fulana mojada por el semen
y los parques de residuos
notaran el oxígeno
en sus teces de musgo.

Las palomas volteando.
Los coches grises de chapa cándida.
Las aceras con su manto inescrutable
de polvorientos
y arneses que invitan a cruzar en rojo los semáforos.

La ciudad quema
en su propia herida
y sólo puedo exclamar dentro de mis intestinos
que ojalá lloviera,
que los truenos compitieran con los platos rotos,
y sanara toda esta sequía industrial
mientras los que vivimos sin aire acondicionado
damos vueltas en busca de lo incondicional.

Qué lloviera, y se mojaran los toldos, los torsos, las cabezas
y los niños cantaran canciones que nunca aprenderán
porque ahora enseñamos
la filosofía del olvido.

Una lluvia iracunda
dispuesta a exorcizar la calma de la letanía
que supone reptar a un final de verano
que no desea ser expulsado del paraíso.

Con relámpagos y goteras.
Con tus ojos mirando a los míos
para sentir el frío de las cavidades humanas.

Y llenar de sangre este vacío.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Felicitación de salvias y escaramuzas.

No hace falta que los árboles exhiban fruta
ni que el mar esté todos los días en calma
para escribir esta carta, que poco papel tiene
y decir que los huracanes son aquellos ojos
que se encuentran.

Es un día especial porque así lo dispuso la sociedad general de los autores
del consumismo que se viste de avestruz
y que caza mariposas.

Por eso mi deseo no es sólo de felicidad,
del burbujeo que siente el agua
cuando cuece las patatas,
de las manos-anillas en palomas con la cabeza decapitada.

Soy yo, y así es mi felicitación,
esa mezcla macabra del tequila en las cosas
y más carretera que meta.

Tú eres la guarida perfecta para morir.
Para que los regalos
sean la destrucción de nuestros propios miedos.

Mi palomo de pecho henchido.
El "Curripipi" de Vallecas
de muchos litigios con el pensamiento.

Sé que me gustas hoy y siempre.
Por eso aunque detestemos los formalismos.
Qué carajo, feliz cumpleaños
porque el siete, es el número de la suerte.

De mes y cielo.

Un beso Oltra.

martes, 6 de septiembre de 2016

La resignación galla.

El hielo se derrite en el vaso de tubo.

La desnudez de los guantes de boxeo que cuelgan del gancho,
vacías marionetas de piel de potro del estímulo al golpe.

Y a lo lejos.
Los perros ladran a la vida,
desde sus pupilas que pueden, 
observar como se zarandea desde los abismos
el dilema que nunca se es demasiado viejo
para morir, para tomar por asalto
con las cabezas encapuchadas al destino.

Hierve dentro de la olla un chorro de agua
para un tila que pide ginebra,
pero, los tiempos han cambiado,
y es mejor conformarse con las dos cucharadas de azúcar.

Ya no se puede ni debe, apurar
las mesas en las esquinas de los salones. Crecida del río
espectador a una anestesia,
aunque tal vez vendan en los quioscos el manual de los aprendedores,
la lección de asimilar la marcha de un amigo sin vuelta.

Allí, donde las peleas callejeras te matan a palos
y la soledad lleva perfume de Carolina Herrera
con la resignación galla de sofás maltrechos, de guías por abecedario,
de equilateros con el rostro bajo una toalla
de aquellos momentos que fuimos jóvenes
y manchamos las paredes de los suburbios
con nuestros sueños.

Me gusta recordar tal como éramos antes del precipicio.

La pena que una escupe más que escribe.

Ilustración de Ana Juan.




Sempre amb noltros Joana. 

lunes, 5 de septiembre de 2016

Papeles en blanco con 42 grados.

Deambular del aseo a la cocina
con este bochorno de humedad
haciendo florituras.

Por la avenida cazando caras
de transurbanos que se parecen a gente conocida
en otra ciudad, porque ésta no es mi ciudad.
Ellas se acercan como los mosquitos contra la luna de los automóviles
en velocidades crecientes
y se estallan con el sonido más parco
de la historia.

Tomo el ordenador y me entrego a él.
En el canje de teclas, yo le acaricio
y él me da el poema, en barrios,
en muecas que no existen
porque son los ojos del recuerdo que las miran.

Qué maldito calor hace el silencio.
Donde mora cada fruta, su aspiración, su vello enquistado,
su hebra de pelo, y los excesivos semblantes difuntos; cada día entregada a la marisma
de linos reses y acuarios, en la locura
de la separación conociendo el amor de otras manos.


Ilustración de Ana Juan. 


¿Dónde está el aberrante poro en que te escondes?

¿Por qué  te veo y no eres tú?


domingo, 4 de septiembre de 2016

Windows de yebos para el xilema o las botellas cerradas en la alacena.

I

En determinadas normas abrevio la faz 
para que no se vean mis manos gastadas de la lejía.

E intenta disimular la piel
la carga de los años
que en la recámara dispara a voleo
y siempre mata,
mata de.

Zarrapastrosas espinas entre los cardos
que cómodos se asientan en los pasillos
de las metrópolis de nuestras zancadas.

Tan valedor el ser, letra de pocas palabras
como la equis, la zeta, la uve doble
que por no poseer ni apellido ostenta.

II

Tengo las manos sumergidas en desinfectante
para escribir la pureza, pero siempre la costra
coagula la sangre, en seca verdad.

Y aunque en los últimos mi alter ego, salvaje con la díscola anarquía del corazón
no araña paredes, ni se encarama a árboles
muertos de sed en las avenidas a menos,

cerrando la botella del agua sin el abandono
afilador de la guadaña con el algodón plástico de Druni.

En mis ojos 
los cirros verdes (la nube esmeralda)
jamás dejarán de ver la huida hepática,
el sufrimiento, el agujero 
como otra forma de vida para vivir sin aire.

Las botellas cerradas en la alacena.

Paul Delaroche: Ejecución de Lady Jane Grey.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Peaje.

Dificultosa trama es
entre los faros el enamoramiento
en el menester del besarse
que los transforma
en dulces pétalos
de flor de cactus.

Porque en la hora del oficio
su estigma puede más que el amor
y por un brazo de aguas
los separa en islas la marea,
para dar lumbre a la noche
con la vigilancia neurótica
de los peces
de madero, listones de pedazos de Ulises que nunca envejecen.

Pero ello, no significa que
cuando su cuerpo y mi cuerpo se distancian
con el ojo cíclope luminoso encendiendo
el miedo al habitáculo.

En ausencia, no le ame.

Los faros de locos giros en su ralea.
A oscuras y a luz.

Foto de Enrique Vidal´
 Faro de Aucanada.