viernes, 30 de diciembre de 2016

El deshielo del sentido común.

Y resulta que existen jornadas laborales de conversaciones pendientes.

Te da por hablar con los que se fueron,
con los que se apearon sin notificación asintiendo el rasguño
de la balanza, de aquella amistad que vestía de azul los momentos,
siempre, con la palabra adecuada, con el ritmo de la justa vehemencia que no se puede descarrilar,
el hierro que sabe a miga,
el limo de todo trance con el papel de la mediadora
de la brújula de los idos, en estas conversaciones de mutilada
entre un cerebro de cata de vinos,
para los que se fueron.

Con el año, con el copo,
con el agua vertida de los cubiletes.

Y te da la espina
por no dar la rosa que duele,
la ausencia de los batalladores de los hilos hechos embuste,
de la paz en tertulia,
la malabarista de la experiencia,
hablar por hablar,
justo en el diapasón que emite la ola acústica
de los que se fueron y aún están sentados cerca
mirando como se desintegra la primavera de los poetas sin lecho.

Sin título.

Las misivas son claras
y su tristeza asumo
de notar arrancado el plumaje
de las alas del ángel
tal vez la hora pasó de largo en el tren
y los momentos que ambos residimos
se alquilaron por fotos a la expectación
de un juego que mermó los alientos
de los que nadan sin isla
con los miembros mortecinos
y que ahogan el agua de la sal
hacia la orilla
de oler su soledad prolija
y no poder evitar las lágrimas al leer sus poemas
del balido trabuco a la herida
de la hoz que pule mi garganta
con el veneno soporífero
de las preguntas de si alguna vez amó
más que a su futuro de burgués
y si valió la pena apresurarse en el último momento
a esta vida de calcio
de fugitiva que se cansó de esperarle
detrás del adjetivo.

No puedo evitar llorar cuando leo su poesía.

Ll.Ll.

La imperiosa necesidad de escribir,

Ha de entender que la poesía habita 

en los malditos puentes 
de la hermandad que vive chocando sus coronillas 
contra el sistema de las rancias auroras,
púgiles intentando taladrar a las palabras.

La escritura se desliza igual que un ciempiés
por la médula, vértebra a vértebra,
te clama en el hígado
supurando en sobredosis
hasta la extenuación
la sangre negra.

En bandada de proyectiles el alma entre los versos
un  gallo de pelea que lanza los ladridos a los soles,
contra el pan duro, las manos del plástico,
las flores huecas,
la inmundicia del ser gusano.

Filantropía homicida
que necesita cacarear.

Aunque sea debajo 
de las aguas de los barcos 

para morir escribiendo
después de la lluvia.

Lila casi rojo del mar que fluye.

He tenido una revelación
con el firmamento de piedra cobijando a las aberturas.

De las manos que danzaban sobre la carne,
en la pereza del poro en el estómago
por no haber luchado lo suficiente y el abismo, 
que se han cernido sobre él,
como el agujero de los ojos de una máscara.

Creí lampara, tostadora, borracho tocadiscos,
que las manos eran tus primaveras,
y el aroma a azahar invitaba a beberse,
a estrangular el aire que cuidadoso
nace de entre las plantas.

Corriendo entre los naranjos, con los pies del verde,
aniquilando los pasos necesarios para subir a la luna,
con el pensamiento en el defecto de las máquinas,
en las chapas alicaídas de las botellas hambrunas,
de los sexos complacientes en los palmerales,
de canes con costillas, de aparatos sin radio,
corriendo ecos entre los naranjos
hacia la boca del ahorcado.

He tenido la revelación
del poema que muere
cuando está escrito.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Ánade

Qué pequeño el corazón
bajo los radios
del recorrido divergente.

Córdoba con su perfil de fruto
abre de río en rama
lo que de germen hoja renace
de este hombre del cual
enamorarse de su respuesta
conducta inevitable es.

Cómo no amar al remo.
Cómo no venerar la raíz que lo sostiene.
De conjuro de mudo.
De nuez a su garganta.

Del que repara y no agreste,
pues,  nadie del cuidado
sale indemne,  y por fin el amor
se ha engalanado de rojo beso
y las ciruelas
que sanan
del escorbuto a la soledad

con sus esbirros.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Aguardó la palabra, pero,
voló entre las gaviotas
con el testimonio de la piedra
que diseccionada no otorga
a la chispa la oportunidad
del incendio.
Ha calmado el ojo
que sostenía al zapato
para no acudir a su portal
y golpear su nombre hasta
la extenuación  de los renos.

Y miró la decimonovena
mordiendo su mutismo
de lengua que se hizo granate.

Le esperó con el frío de los pájaros.

Y tomó el billete
de la prudencia del que abandona
por profesión.

La última palabra
de entre las aves
camino del vertedero
de los magos y de los cobardes.
Para dar las gracias
a los que ganando pierden
y usan prótesis
para el miedo.

Porque yo hubiese viajado  con  vos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Hermes.

Y me hizo volar
donde las aves no existen
y el cielo cierra en viernes.
Cuando los paracaídas
dormían en el terraplén
y una caricia podía salvar la vida.
Volar, o caer
con las alas de los que
nacieron malditos.
Caer y pensar
que flotando
no duele la precipitación.
Amortiguar el desastre
con los apósitos
de nadar entre las nubes.
Sobrevivir
y ver desde la cúspide
la verdad, la pose
de lo que era más que un hoyo.
Escribir aterrizaje para salir
con la escalera
de las palabras.
Para retomar el vuelo.

Ll.Ll.
                                                    Ilustración de Erika Kuhn

domingo, 18 de diciembre de 2016

Las tortugas del país sin concha.

He hablado con vos,
la tregua mediodía,
la voz cantante.

Me habla usted Madre,
que la felicidad ha varado en el puerto,
que los lirios florecen
y los escualos se desecan en la playa.

Ante todo Madre,
decirla que la amo,
en un mal poema reiterativo
de amar a lo que nos ha dado la vida
y que por ese designio la puede usurpar.

Feliz no, Madre,
no soy feliz.

¿Cómo puedo ser feliz?
Nunca conoceré la felicidad de las iguanas,
los fantasmas jamás abandonarán la línea del combate.

¿Feliz, cómo se siente un árbol?

Los árboles lanzan sus frutos a la tierra,
con el tiempo en comisión oportuna,
sus frutos se caen, hasta pueden ser por infortunios del proceso
o para el alimento de los pájaros.

Cómo ser feliz.

Si al árbol le han arrancado sus frutos,
ha sentido el tallo verde,
el crujido de la rama,
la rotura de los ligamentos de sus semillas.

Feliz, no Madre.

Cómo puede ser feliz, un árbol que fue expoliado
de sus frutos, antes de hora.
Arrancados como ojos humanos de la cara.
Sin esperar a la primavera ni las cosechas del almanaque.

Feliz, feliz después de la muerte.

Al menos ya sé que os amo.
Y eso ya es mucho.






La simultaneidad de los heridos.

Podría conversar de las sequedad de mis manos,
del ligero temblor de la cortina
en las ráfagas de la medianoche,
de la riqueza del pensamiento,
de las enaguas en almidón
que mueren ahogadas
en detergente.

Podría..., contra la araña
que soledad cuelga del techo, y los ojos de la impaciencia
para beber la imagen de las cremalleras, del pan molido
y las fresas que nacen bajo los escombros.

De la pena rebozada, del sentir que lía
y se fuma solo su desdicha,
cruzar las piernas, observar los miembros,
retener cada bocado
y pensar que esta noche de sartenes
pululando aceites refritos,
no existiría mayor colmena
que apoyar mi rostro y escuchar el latido,
dormir sobre las ramas de la canoa
dirección desconocida.

Y despertar con las anacondas.

Amar en estéreo

basta con calibrar los tiempos

del revólver.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Signo de aire con tendencia al caos.

En algún que otro jueves
me da por escribir el idioma de los besos,
con la nuca dolorida, de dormir delante de la computadora
como una flor sin agua.

Las mañanas angostas, con  apenas el sol en la rendija.
La acera en un papel calibrado con la velocidad de la luz
en olimpiada de caminos,
con la fatiga de abandonarse en un escalón
de la vía, y llorar pergaminos rojos
de las heridas que llagadas
no dejan de fornicar.

Sembrar en un eco las cosas que no podemos decir,
lo prohibido a los ojos ajenos,
a la mediocridad de las orugas
que mueren en los radiadores de los coches
creyendo que fueron mariposas.

La letanía diaria, como en un suplemento 
de solares en consternación
arrebatando las historias
de aquellos que visten trajes azules,
y que con un vaso de agua
se embarcan a la aventura.

Miro la maleta.
Miro la ciudad que despierta en negrura.
Y entiendo dentro de la histeria
la fortuna de tener nombre, zapatos y cama
con los parachoques
pujando al olvido.

Morir con secretos, tampoco será tan nefasto.
Morir combatiendo
como las orugas antes de romper.
                                                       Ilustración de Salomé de la obra de Oscar Wilde por Beardsley.

Granadas y moscatel.

Enamorada malandrina
con corriente de agua hacia las ciénagas
colmo de ti
remolino del tallo
que guinda escoge
tu mano en mi cintura.

Y las bocas
broches de ligereza en regreso
sentido intacto
de tus ojos que de la oscuridad
ilumina las candelas.

Miente esta noche en el paraíso de la compuerta
de los veleros en el tímpano
que sufragan esta brisa de labio 
con labio de espira que difumina a las luciérnagas.

Di que en esta tuerca de destino,
tu y yo, en ejes maniobrados
viramos anclas hacia la locura
de apurar los cuerpos
como prenden las amapolas 
en el infierno.



[Aubrey Beardsley (British, 1872–1898), Isolde, n.d. Line etching
and printed color. Courtesy of Landau Traveling Exhibitions.]

martes, 13 de diciembre de 2016

La odisea del traspapelar: Trainsportting

Las cartas que colocadas
demoran bajo los portales y esos anuncios televisivos
que siempre refriegan a Diciembre
como el peor mes de los dioses,
lo comestible se triplica
y en la avenida, esta mañana,
la gente viajaba en micro-obuses
con caretas de amianto.

En carteras en marroquinería
y niños
que flautistas alegraban los recovecos
habitados por ratas la noche del minuto once
en que justo pasando el camión de la basura
una botella se descorcha en un Concorde
que cruza el cielo sin faros antiniebla (maldita economía sostenible).

Podría desfallecer, y ser la papelina
que intenta usurpar la puerta,
y me quedo catatónica,
parada, en caricatura felina
esperando el imperativo desigual.

Decir, ven.

El cigarro que se consume.



El malabarista que arrojó al suelo sus bártulos.

No ha sentido alguna vez
la flexibilidad de los momentos de los tubos naranjas 
que oxigenan al butano,
o la rigidez, de los milímetros en las reglas
para medir el corazón de las personas.

Ese abatimiento del ala metida en piedra,
como una luz cegadora
que impide leer la quiromancia del vino,
del desbordamiento del embalse
que en ola avanza
hacia citas que nunca mojan la interior.

Y ha desprovisto los anteojos al miedo
y ciego ha avanzado hacia el hilo de una navaja
que abre la piel madura en cronología
para recoger los cristales
de los amores que a quemarropa
descosieron las etiquetas.

De los que no aprecian
la maleabilidad de las palabras.




Esponja Marina



Me he quedado con toda tu tristeza

envuelta en una bata polar
después del café de los tiempos pisados.

Soy una osa que ha perdido sus cachorros,
que bebe Coca Cola
para arrimar el frío con ginebra,
y se apodera de toda tu pena
para liberarte.
Es el problema de la empatía,
de los años que te amé en desuso.
Hablas aún de tu padre en presente,
no eres real de todo lo transcurrido.
Yo ya no te amo,
se me fue el amor
por el canal del parto.
Naciendo una porción
de nosotros no mismos.
Hoy te afeitaste,
no querías
que te viera gastado como un billetero
de ferrocarriles,
hemos sorbido de la taza
los momentos que ya ni siquiera sabemos
qué comentar.
Te refugias en la sección de deportes,
en buscar la lotería
y murmuras la mala racha.
Tu brazo se ha quedado
con la tensión de todos los veranos.
Y te doy instrucciones
de cómo afrontar el estado gaseoso
de la muerte.
Me he llenado de tu sufrimiento
para que aligeres
en nuestros peajes divergentes.
Tu rostro es de corteza
de hierba mexicana.
La osa terapeuta.
La osa que cuida de tu huella.
La osa que escucha lo que no te atreves a decir a la Mayor
quedando rezagada
al segundo plano de una constelación pequeña.
Tengo medicinas preparadas para el auxilio
y todas las lágrimas
en mis ojeras
que tú no sabes escribir.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sin título.

Sí, el encuentro está próximo
porque mi corazón late como un barco
metido en una botella de vidrio.
Y mis labios se asemejan a las anémonas
en tregua marina para ser letra
de carta, de la mancha de ropa, u ojo bizco en cara oportuna.

Sabe que el peligro acecha en la cola de las urracas,
en el collar de oro que fue pago a Celestina,
en los surcos de los ojos,
en el leve temblor de manos
empuñando el arma de fuego.

Si el encuentro está próximo
que puede el rocío del nido de las plantas,
y de los dedales que cobijan a la huella
en el set de la costura.

Tiemblo de emoción,
como un ninfa
que besa en las manos
a su verdugo.

CMYK

La concha en naufragio se entierra,
aguarda la parsimonia 
de las redes haciendo prisioneros
a los delfines. La embestida
del oleaje en espirales confusas
en una marea 
que saturará a sus fosas nasales,
a los ojos del colirio, y a tanto chisme molusco.

Atrapada en el arenal
desea que la marea la engulla,
quieta con miedo,
convencida que será una 
de las muertes
más saladas.

La concha sin extremidades,
que espera que venga el mar
y la salve, de la monotonía
del que pinta con un solo color.

Los momentos revividos.



Me gustaría que fuese franco,
y si malvive la posibilidad, de guardar en botes herméticos
los besos y el sonidos de las alas
de la risa campaña a través 
de las fracciones, en el espacio
como un collar de cuentas
que nos hizo dichosos, a pesar de las cicatrices
y de los transportes que descarrilan
una vez pasado el aire
por el pulmón perforado de las ruedas. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Los crisantemos naranjas.

1. La soledad.

Colmar de vaho los cristales 
del consumo rápido donde los grillos han muerto de silencio
y la intemperie de los andenes se abriga.

2. El enigma.

Que de mi vida, tú, eres el desorbitado,
el tumulto, el colosal enjambre
que hurga mi sexo en escuadra 
para sed y viento, pero en ganas y molino,
de desaparecer dentro tuyo
buscando el recodo inscrito de lo que uno no planea y vuela, 
vuela lejos con la salamandra.

3. La fe.

Que me has llenado el vacío.
Que en mecanografía viertes sendero.
Que tu mano mece y yo caigo a los abismos
del grito poético entre tus carnes.

4. El nido.

Anacoreta de ojos de mares de Lorca,
de pecho alféizar en la casa de tu casa,
abre las alimañas y deja que esta hiedra, que este geranio roto, que esta mujer de vendas, 
de avatares y de pasillos 
con tacto, con risa, contigo por siempre
como un tatuaje de inicio
abra las ventanas de la torre.

5. La verdad.

Para que la piel desprenda el olor de tu tierra.

Después de la lluvia de los cuerpos.



jueves, 1 de diciembre de 2016

Flor de almendro.

Amar, todas las ramas
la flor
el bulbo
el vértice.

Amar, cada uno de los esquejes
el fruto
la hoja
el pétalo
la semilla.

Amar si amas
debes.

Amar, las raíces sucias
las espinas
los nidos abandonados
la termita,
la larva de la termita,
el musgo
la corteza húmeda
los árboles retoños del árbol grande.

Si me amas debes amar
la descendencia de mi genealogía.

Triquinosis.

Maldeciré mil veces los harapos de la piel
para darla de alimento al repudio,
juraré en falso cada documento
y los murciélagos colgarán como lamparas conyugales.

En esa costilla rota, en el diente de león
que vuela alpiste con la mentira de que no amo
lo que si amo, y pretendo en ecuación intermitente
cazar las esperanzas de todos aquellos animales
que acorralados buscan la brújula en esta nueva colocación del zoo,
para desmentir la verdad y acallar la sincera por trampa.

Comer sin hambre,
tragar las luces igual que poros en la tela del circo,
cortar todos aquellos sueños
donde las palomas recitaban versos ocultos
tras las lunas.

Y sus picos se encorvaban
al ritmo del cacareo del corazón cuando late deprisa
y no debe y muere en un chasquido
en las estancias de los murciélagos colgados en el techo.

Si ya no puedo, decir,
y en ese amo de no amo,
de dueño sin hostal
y de caballero sin caballo.

Voy a morir en mi mentira,
de flamencos rosas
en lagunas metidas en la sangre
por decir que no amo, a lo que más me mata.

La liberación de Sísifa.

La profecía del hombre
que sostiene la egregia piedra, y cae, y la remonta,
y cae, y cae, y la levanta,
y de nuevo la sube sobre sus hombros.

Carga prolija, del hombre
que es una mujer,
que gesta en su columna
una roca latente.

El agotamiento que se crece río,
y el bulto entre las carnes
del amasijo de metal en un desguace preñado
que expulsas
y vuelves a recolectar.

Mujer 
que sostiene la egregia piedra, y cae, y la remonta,
y recae y la levanta.

Tú siempre en la acción
de ser tu propio peso.