Caos

Cuando estemos muertos
y nadie hable de nosotros
y las páginas giren por si solas
por la ruleta lúdica del viento
de más de tres mil ventiladores;
y los besos sean muecas
de bocas trasvestidas
y los ascensores cuelguen de los edificios
como fruta de un árbol
y ladeen su música, y los libros:
solteras con olor a vinagre
y me mires y parezca una extraña foto de anuncio, y las ballenas sean huesos balísticos, y los gatos ladren, y tú me mandes por la cuerda floja, dentro de esa maldita cabina, ascensor-cohete de cinco dedos, manos y trozos de carne florecida,
y me ponga la rosa por mechero a encender
hogueras de pena, y los bolsillos de serrín haciendo de reloj sin agujas. Crea compañero, maniquí, cero estático, tocho de mugre y apariencia entre sadismo y veleta, que estaremos muertos y nadie nos salvará de la paranoia, ni a ti, ni a mi persona,
cuando caigamos como manzanas de feria.

Y estemos podridos por la audiencia.



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